sábado, 6 de marzo de 2010

- The last tear.

Hombres vestidos de negros llevan un ataúd sobre los hombros. Es de madera negra, con detalles en plateado y púrpura. Lo dejan sobre un pedestal.

La gente deposita rosas sobre el cuerpo. Nadie llora. Sonrisas vagas se extienden por los rostros de mis familiares y amigos. De fondo suena una música, propia de un jardín encantado, a la vez que mi sonriente madre se inclina y me besa la frente, dejándome una rosa negra sobre el vestido. Aún muerta, mi rostro muestra un atisbo de dolor.

Nadie llora.
Nadie se lamenta.
Todos están aliviados.
Todos sonríen.

Todos menos el cuerpo de la niña morena, que deja caer una lágrima negra. Su última lágrima.
La lágrima de un alma en pena.

Pero nadie lo nota. Ni por ser oscura como la muerte.
Ya que a nadie le importa.
Un ángel de negras vestiduras toma mi mano y me aleja de mi ataúd. Nadie parece notar que sus manos frías absorben mi alma con lentitud.

Trato de llorar.
Pero los muertos no lloran.
Esa lágrima negra fue la última.
Y aún si pudiera…
¿Hubiera alguien a quien le importara?

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